Tres robos de película

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Así como la década del treinta rebosó de gángsters que se enfrentaban a tiro limpio, y en la de los cuarenta parecía que en cada esquina asomaba un detective envuelto en su impermeable, en los cincuenta se pusieron de moda las películas de robos cuidadosamente planificados, esos para los que se formaba una banda donde imperaba la división del trabajo: el jefe autor del plan, el abridor de cajas fuertes, el chofer-campana, los que hacían el túnel, etc.  Directores de primera línea como John Huston (Mientras la ciudad duerme, 1950) o el todavía novel Stanley Kubrick (Casta de malditos, 1956) se anotaron grandes porotos en este subgénero.  Pero la película que hizo historia en aquellos años fue filmada en Francia por un director americano exiliado, Jules Dassin. Se llamó Rififí (1955) y es famosa por la secuencia del robo a una joyería, de 32 minutos de duración, donde el suspenso se mantiene sin recurrir a música o diálogo alguno.  Como Rififí y cada una a su manera, estas tres películas europeas de antaño son mejores que muchas heist movies –así les dicen en el Norte- de hoy.

El círculo rojo (Jean-Pierre Melville, 1970): Melville fue el gran director policial del cine francés y Rififí una de sus principales influencias. En el que sería su penúltimo film intenta superar la película de Dassin, tanto en ingenio como en producción.  Aquí también hay un robo a una joyería, y el silencio llega a límites extremos: por momentos vas a dudar si están funcionando los parlantes. Es que como todo verdadero cineasta, Melville es capaz de contar todo en la imagen, incluso una trama laberíntica como ésta, que muestra sin explicar los sofisticados preparativos del atraco, los cuales no cobrarán sentido hasta el momento cúlmine de su concreción.  En particular es clave el papel de un experto tirador (Yves Montand) que se recupera de sus adicciones.  Lo acompaña un elenco de lujo, encabezado por Alain Delon –habitual de Melville- y el italiano Gian Maria Volonté.

Los desconocidos de siempre (Mario Monicelli, 1958): Si querés saber cómo debe ser un robo estilo Rififí a la argentina, no tenés más que ver este clásico de la comedia italiana, que es casi lo mismo (por algo eran tan populares acá).  Desprovistos del estilo cool y tecnificado de los ladrones galos o su contraparte de Hollywood, los delincuentes de Monicelli son sólo una banda de buscas que llegan al gran golpe medio de casualidad.  El elenco es un quién es quién del cine italiano (Gassman, Mastroianni, Totó) y el brillante guión de Age-Scarpelli resulta una verdadera indagación del submundo del hampa, que sorprende aun hoy: una de las secuencias más desopilantes del film tiene que ver con el significado del término “oveja” en el argot carcelario.  Por supuesto, todo sale muy mal.

La estafa maestra (Peter Collinson, 1969): Si descubriste el Mini Cooper cuando se lo compró Maradona, no conocés La estafa maestra, una de las tres o cuatro mejores heist movies hechas jamás.  ¡Ojo!  No la “remake” americana de 2003, con Mark Wahlberg y Edward Norton.  Sino la original inglesa con Michael Caine, verdadera oda a estos livianos autos británicos, que funciona como un mecanismo de relojería de principio a fin.  Pero además de lo brillante del guión y la ejecución (obra no de un director-autor sino de un artesano con suerte, razón por la que el título no es tan conocido entre los cinéfilos), la película respira en cada fotograma una alegría especial, la de una Inglaterra que venía de ganar la copa mundial de fútbol en su tierra y que, gracias a los Beatles y James Bond, había vuelto por un rato a sentirse el centro del mundo.  Esa es la razón del tono canchero y jovial del film, más que el bullicioso ambiente de Turín donde transcurre. La secuencia de los Mini Cooper andando por los techos de la ciudad no tiene nada que envidiarle a los films de 007… y el desenlace contiene un enigma nunca revelado.

 

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